I grew up in the late ’70s and ’80s, and for me, Halloween was always the opening act of the holiday season. Second only to Christmas (and the presents, of course), it was a night when anything felt possible — a chance to step into another world and live a fantasy. One year, I was Alice in Wonderland, complete with a blue dress and white pinafore that looked as if it had stepped right out of the storybook illustrations. I was lucky to have a mom who sewed. No cheap plastic masks or flimsy costumes for us — ours were stitched with love and imagination.
But the best part of Halloween? The candy. I was a devoted sugar addict, and I’ll never forget Mrs. Smith across the street laughing as we showed up at her door two or three times, trying to score more treats. Each new doorstep was full of hope — maybe this would be the house with the “good” candy.
These days, I hand out candy instead, smiling as I watch children race up the driveway with the same excitement I once felt. My adult body no longer tolerates candy binges, but I still miss Milk Duds, Snickers, and the thrill of digging through a pillowcase full of sweets. So now I live vicariously through the little ghosts, princesses, and superheroes who come to my door, and Halloween remains, as it always was, a night of magic, imagination, and sweet anticipation.
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Crecí en los años setenta y ochenta, y para mí, Halloween siempre fue el comienzo de la temporada de fiestas. Solo superado por la Navidad (y los regalos, por supuesto), era una noche en la que todo parecía posible: una oportunidad para vivir un sueño y convertirme en otra persona. Un año fui Alicia en el País de las Maravillas, con un vestido azul y un delantal blanco que parecían sacados directamente de las ilustraciones del cuento. Tuve la suerte de tener una mamá que sabía coser. Nada de máscaras de plástico baratas ni disfraces comprados en la tienda: los nuestros estaban hechos con amor e imaginación.
¿Y la mejor parte de Halloween? Los dulces. Era una adicta al azúcar, y nunca olvidaré a la señora Smith, que vivía al otro lado de la calle, riéndose cuando tocábamos a su puerta dos o tres veces tratando de conseguir más golosinas. Cada casa nueva era una nueva esperanza: tal vez ahí tenían los dulces “buenos.”
Hoy soy yo quien reparte dulces, sonriendo al ver a los niños correr hacia mi puerta con la misma emoción que yo sentía. Mi cuerpo adulto ya no tolera los atracones de azúcar, pero todavía extraño los Milk Duds, los Snickers y la emoción de revisar una bolsa llena de golosinas. Ahora vivo esa alegría a través de los pequeños fantasmas, princesas y superhéroes que tocan a mi puerta, y Halloween sigue siendo, como siempre, una noche de magia, imaginación y dulce anticipación.
