Remembering Día de los Muertos
My earliest memories of Día de los Muertos don’t actually belong to me—they belong to my mother. She used to tell vivid stories about graveyards filled with bones—remains of people whose families could no longer afford the cemetery fees—piled together to make room for paying customers. Those haunting images live rent-free in my imagination, part of a collective memory passed down through stories.
I don’t remember celebrating Día de los Muertos as a child. It wasn’t until I became an adult that I began to understand its depth and beauty. After my father passed away, the tradition took on even greater meaning. Yet, we’ve never celebrated with parades, face paint, or parties. Our observance is quiet and deeply personal—rooted in the traditional Mexican Catholic customs of prayer, candles, and a rosary for the dead.
Each year, we prepare my father’s favorite meal and place it alongside candles, photos of loved ones, and Catrinas and sugar skulls. It’s not a day of fear like Halloween, but one of reflection—a moment to meditate on our own mortality, much like the stoic reminder memento mori.
As Día de los Muertos approaches, I find comfort in setting aside two sacred days when, as tradition says, the veil between life and death grows thin. In those moments, surrounded by flickering candles and quiet remembrance, I feel connected—not only to my father, but to generations of souls who remind us that love is eternal.
Author’s Note:
You can learn more about the beautiful symbols and traditions of Día de los Muertos in my book, Día de los Muertos, published by Capstone.
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Recordando el Día de los Muertos
Mis primeros recuerdos del Día de los Muertos no me pertenecen realmente a mí, sino a mi madre. Ella solía contar historias vívidas sobre los cementerios llenos de huesos —restos de personas cuyas familias ya no podían pagar las cuotas del panteón— apilados para hacer espacio para nuevos clientes. Esas imágenes viven en mi imaginación, parte de una memoria colectiva transmitida a través de sus relatos.
No recuerdo haber celebrado el Día de los Muertos cuando era niña. No fue sino hasta que me convertí en adulta que comencé a comprender la profundidad y la belleza de esta tradición. Después de la muerte de mi padre, la celebración cobró un significado aún más especial. Sin embargo, nunca la hemos celebrado con desfiles, pintura facial o fiestas. Nuestra conmemoración es tranquila y profundamente personal, arraigada en las costumbres tradicionales del catolicismo mexicano: oración, velas y un rosario por los difuntos.
Cada año preparamos la comida favorita de mi padre y la colocamos junto a las velas, las fotos de nuestros seres queridos, las Catrinas y las calaveras. No es un día de miedo, como Halloween, sino un momento de reflexión—una oportunidad para meditar sobre nuestra propia mortalidad, muy parecido al recordatorio estoico memento mori.
A medida que se acerca el Día de los Muertos, encuentro consuelo al apartar dos días sagrados en los que, según la tradición, el velo entre la vida y la muerte se adelgaza. En esos momentos, rodeada de la luz titilante de las velas y del silencio reverente, me siento conectada—no solo con mi padre, sino con generaciones de almas que nos recuerdan que el amor es eterno.
Nota de la autora:
Puedes conocer más sobre los bellos símbolos y tradiciones del Día de los Muertos en mi libro Día de los Muertos, publicado por Capstone.
