Ode to Libraries/Oda a las bibliotecas

We didn’t have vacations when I was little—at least not the kind with plane tickets, hotel pools, or matching T-shirts. The amusement park came later, when we were older. Back then, our escape was the library. It didn’t cost anything, so it fit right into our budget.

The children’s section was to the right, down recessed floors that felt like stepping into a secret world. In the corner sat a puppet playhouse, small and unassuming, yet magical enough to turn an ordinary afternoon into an adventure.

I still remember the wooden shelves where picture books lay like treasures, their covers calling to be opened. Past them were the chapter books, then the “big kid” nonfiction with its mummies, volcanoes, and drawing guides. I wandered like a traveler with no map, letting my curiosity lead me.

I’d leave with a stack so high I could barely see over it, my arms aching, my heart already plotting the next trip. My mom never rushed me. She knew the library was our vacation—an endless one.

Those afternoons made me a reader, but more than that, they made me a writer. They taught me that stories could take you anywhere, even if you never left home.

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No teníamos vacaciones cuando yo era pequeña—al menos no del tipo con boletos de avión, albercas de hotel o camisetas a juego. El parque de diversiones llegó después, cuando éramos mayores. En aquellos años, nuestro escape era la biblioteca. No costaba nada, así que encajaba perfectamente en nuestro presupuesto.

La sección infantil estaba a la derecha, bajando unos pisos hundidos que daban la sensación de entrar a un mundo secreto. En la esquina había una casita de títeres, pequeña y sencilla, pero lo bastante mágica como para convertir una tarde cualquiera en una aventura.

Todavía recuerdo los estantes de madera donde los libros ilustrados yacían como tesoros, sus portadas llamando a ser abiertas. Más allá estaban los libros de capítulos y, después, la sección de no ficción “para niños grandes” con sus momias, volcanes y manuales de dibujo. Vagaba como una viajera sin mapa, dejando que mi curiosidad me guiara.

Me iba con una pila tan alta que apenas podía verla por encima, los brazos adoloridos y el corazón ya planeando el próximo viaje. Mi mamá nunca me apuraba. Sabía que la biblioteca era nuestras vacaciones—unas vacaciones sin fin.

Aquellas tardes me hicieron lectora, pero más que eso, me hicieron escritora. Me enseñaron que las historias podían llevarte a cualquier lugar, incluso si nunca salías de casa.

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